La sofisticación del ser

Hago repaso de la evolución del sujeto yo, hago un autoFODA, rebusco e identifico fortalezas y las enfrento a mis debilidades, pesquisa y análisis pertinente de los factores internos y externos, busco, argumento, diagnostico, soy mi propio paciente o mi egopatrocinado, propongo métodos de solución, cronogramo procedimientos y pasos a seguir, fórmulas a poner en práctica, interpongo mi rescate particular. Y sin embargo, no me encuentro …
Y sin embargo, me diluyo entre lo hecho y lo vivido, entre lo hecho en vano y los tienes que hacer, que he perdido al fin de cuentas. En mi afán de llegar a algún lado, me he desplazado en los peldaños de una torre confusa y difusa, alejándome de todo y hasta de mí mismo, no me reconozco en el espejo de los tiempos, mi sonrisa se difumina, es apenas una mueca triste, un reflejo tardío de alguna efímera sensación de gozo.
Será por eso que busco compulsivamente todo aquello que me remita a mi esencia y a mis quimeras, a las abstracciones de vida real, viajo virtualmente, así como busco las canciones y melodías que me llevan a explorar otros planos y otras latitudes, así, la música termina siendo un vehículo catalizador de mis sensaciones, con mi propia amplificación y ecualización marcando picos, graves y agudos como mi propia existencia, como mis propios días. Me conmuevo, canto o tarareo sereno y rítmico, o grito desaforado sosteniendo la notas más altas, o fraseo alguna línea susurrante que se dice al oído de alguien o de nadie, o me expreso guturalmente, porque la música, se convierte en “mi” música y mi catársis, y voy de la densa paz de una Cavalleria rusticana versión de William Orbit o las inspiradas canciones de Ismael Serrano, Jack Jonhson o Gonzalo Aloras, y muto con los energizantes brasses cantando “La impresión que me das” con The Mighty Mighty Bosstones, y termino poniendo los pies en un escenario con acento irlandés entonando Pride (in the name of love) y a callarse Bono! que ahora canto yo.
Lástima que a veces mi fuga auditiva y mi recarga de baterías dure apenas 3 o 3 minutos y medio en cada track, minutos en los que mi pecho se insufla de aire nuevo, de más quereres y de super poderes, de fuerza de tanto dar golpes al vacío; mis propios gritos de guerra, mis propias arengas, renovando energía de la luminosa de aquella que te vuelve indestructible y feliz o de aquella que conmoviéndome me lanza al más gris de los abismos.
Pero todo se diluye, se diluye cuando el espejo vuelve a recordarme que el espacio o plano presente no es más que el reflejo vago de un viaje que es una sucesión concadenada de momentos, de aciertos y de yerros que se terminan impregnando en el rostro y en cada poro de tu piel, que se impregna en tus manos y en tu ser interior, que se hacen patentes e imborrables en tu mirada y en tu forma de mirar y “ver” las cosas.
Excesiva carga y excesivo lastre, saturado tren el de uno, si el rostro y la mirada nos delatan, si los surcos en tu piel lo evidencian, el rictus que te envuelve lo hace inocultable, la mueca triste desdibujada nos acusa. Lo aprendido, todo lo aprendido, todo el conocimiento y experiencia adquiridos se relativizan, pierden su razón, la sofisticación del ser, el porqué y el para qué haber andado tanto, el haber evolucionado –si es que se hizo-, todo ese remontar nuestros grandes y pequeños retos, todo se convierte exactamente en lo contrario, se vuelve al punto de partida, si es que fuere.
Vuelvo a las imágenes, y a la energía que fluye de lo inimaginable y que a veces hacemos propia, vuelvo a las sensaciones, a la percepción de la vorágine que es ese control maestro de mi existencia con pantallas y mandos como hologramas al alcance de mis dedos y de mis gestos y señas, al alcance de mis órdenes y de mis desórdenes. Y no me encuentro… y todo se diluye, y se va al carajo toda esta sofisticación del ser, y aunque quisiera reeditarme le encuentro poca razón a mi continuidad y a mi brega, y contradictoriamente, a la vez, solo sé que no me quiero despedir.

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