25 de Diciembre (Niña Manuelita, que te puedo dar?...)

Por universales obvias razones el mes de diciembre es un tiempo muy particular, propicio para que afloren nuestros mejores sentimientos y hasta reconciliarnos de alguna forma con los demás y hasta con nosotros mismos.

Es tiempo de navidad, en que evocamos el nacimiento del Niño Dios, y para mi familia es doblemente especial, no es “solo” la navidad, que ya de por sí tiene toda una magia, si no también el onomástico de nuestro ser más querido, el cumpleaños de mamá es precisamente … el día de navidad!.

Estar frente a mamá probablemente sea una forma de ser niño siempre, buscar su regazo aunque sea a través de una señal telefónica, aunque medien ochocientos y tantos kilómetros de distancia física, tomar conciencia que tu presencia y existencia en esta vida es por ella, y que siempre –aunque no necesariamente-, ella creerá que aún debe guiar tus pasos, aunque pintes canas y hasta hijos o nietos tengas.

Mamá especial, única, irrepetible, que no solo ha sido mamá, ha sido y es columna fuerte de una familia en todo tiempo y circunstancia.

En el año 1930 sucedieron muchas cosas, y muchas cosas hicieron su aparición, es el año en el salió al mercado la cinta adhesiva más conocida como Scotch Tape o Cinta Scotch, es el año en que se descubre y bautiza oficialmente al planeta Plutón, es el año del Primer Mundial de Fútbol, del estreno de la película “El Ángel Azul” donde debuta Marlene Dietrich, es el año que la Real Academia Española de la Lengua aprueba el uso femenino en los sustantivos que indiquen cargos y profesiones, es el año de nacimiento de grandes actores como Steve McQueen, Gene Hackman, Clint Eastwood o Sean Connery, personajes históricos como el astronauta Neil Amstrong, y es también el año en que nació mamá…un 25 de Diciembre, mientras en todo el mundo todos se deseaban Feliz Navidad, en una ciudad pequeña y hermosa como un pedacito de paraíso a orillas del río Huallaga, ahí nacía la mayor de los hijos de un riojano llamado Justo y una bellavistina llamada Rosa, la primera de cinco hijos de los López-Cárdenas.

La imagino siendo pequeña, dando sus primeros pasos, rosada y con el pelo finito y claro, con el temple y carácter que ya se asomarían en ella, la bautizaron Olga Manuela.

Cuenta Olguita Manuela / Olga Manuelita, cuenta mamá de una niñez y juventud fresca y espontánea como la propia selva, pero severa y rigurosa en su educación y sus valores, me cuenta de sus maestras de escuela, de como desde pequeña ayudaba en la tienda de mi abuelo -o Papá Justo-, de como con mi abuela -o Mamá Rosa-, en sus vacaciones del colegio confeccionaban ropas con las que de tiempo en tiempo en tiempo salían siguiendo el curso del río a poblaciones vecinas en pequeños raids de trueque solidario con quienes lo necesitaran, intercambiando prendas por víveres o animales de corral. Cuenta también como la abuela tenía mil ahijados a quienes agasajaba con tantas cosas de la tienda, en retribución cuando le venían trayendo carne de monte u otros antojos suyos por los que el abuelo –más tradicional y conservador- discrepaba y renegaba.

Cuenta mamá que en esos tiempos la educación más allá de la primaria no era un asunto de todos, no era usual que las familias se esforzaran para que sus hijos hicieran la secundaria y menos aún los estudios superiores, los colegios de mayor graduación estaban en ciudades más grandes o lejanas, que cuando llegó el momento, mis abuelos prepararon un viaje especial para llevarla a Tarapoto a terminar sus estudios, y que aquí o allá, en cada lugar la familia extendida, tíos y tías y los respectivos primos y primas, hicieron leve el salir de aquel pequeño paraíso de la Región San Martín para estudiar lejos de casa. Después, emigró a Lima, y que tiempo después por una afección respiratoria terminó afincándose en Huánuco, con su benigno clima seco y templado, y que a sus 21 años un hombre noble la desposó llamándola de ahí en adelante “mi niña” y con quien formó su propia familia.

Se de todos sus avatares para sacar adelante esta familia, se de su empeño por darnos siempre lo mejor aún en las situaciones más difíciles. Puedo renegar de algunas cosas con ella, discrepar en algunos puntos de vista, pero son más, muchísimas más las cosas que me unen con ella, que me hacen quererla y admirarla, de su mano, con ella empecé de muy pequeño en eso de tener oficio para los viajes y ser una especie de nómada en mi propio Perú, la acompañé en innumerables viajes de cortos y largos trayectos, por costa, sierra y selva, yendo a visitar a papá cuando anduvo trabajando lejos o en periplos urbanos en las vacaciones de verano acompañándola en interminables trámites que debía hacer en el Ministerio de Educación o el antiguo Banco Central Hipotecario.

De su carácter debo destacar su temple y perseverancia que ya quisiera para mí en esa medida, es una leona cuando de los suyos se trata, pero tiene a la vez un gran corazón de mantequilla, proclive a la sensibilidad más pura. Quien la viera, recuerdo de pequeños mis sobrinos y yo debíamos respetar su siesta o su –a veces- mal genio que contrastaba con su paciencia infinita viéndola en su Jardín de Infantes de la que fue Profesora y Directora sus otros “crios” eran su debilidad y vivía con pasión su rol de guía y maestra. A propósito, deben ser muchos los antiguos alumnos suyos que deben tener algún momento suyo grabado en la memoria como parte de su infancia en aquel kínder, yo tuve a esa maestra en casa, así que “el momento” ha sido y es un presente constante.

Voy con mucho entusiasmo al encuentro de este 25 de Diciembre, pienso en lo que se le puede dar, que para el caso y parafraseando el villancico aquel no serán: “…rosas y claveles para deshojar…” Cuento los días para que los kilómetros que nos separen sean cero, para que el abrazo no sea imaginario, para que el “hijito de mi alma” que siempre me dice no sea decodificado y recodificado por una señal digital telefónica, sino sea una vibración de la garganta en directo, cerquita, a pocos centímetros de mis oídos. La quiero feliz y contenta, hermosa y enérgica, terca en la medida justa y orgullosa de sus hijos y nietos, como nosotros de ella.
Diciembre 25 del 2011, atardecer en el Océano Pacífico, viéndolo con Olguita y Koko














Comentarios

Anónimo ha dicho que…
te creo... Manfredo, aún pese a tu ingrato oficio, que también es el mío; te creo... saludos a tu mamá que aunque no la he visto, me parece conocerla del diario... un abrazo!

Entradas populares