miércoles, 1 de diciembre de 2010

DECISIONES


Ejercicio elemental de la vida, desde siempre, desde que estamos en este mundo, para bien o para mal, para optar por tal o cual camino, tomamos decisiones a cada paso, a cada momento, y es que aun el permanecer inmóvil es una decisión. Consciente o inconscientemente optamos por algo, por alguien, asumimos riesgos o los eludimos, nos esforzamos mas, peleamos, hacemos la lucha o dejamos que todo se caiga y se derrumbe a nuestro alrededor.
Decisiones, aquellos momentos de barajar nuestras cartas, de sopesar las circunstancias o las consecuencias, invertir o no, apostar o no, hacer u omitir, opinar o callar, obedecer a los impulsos o ser racional a ultranza, ser decente o pasarse la ética por las glándulas.
Decidir, optar, descartar, asumir… cuantas infinitas formas toma ese DECIDIR ¿Cuánto cambia alrededor nuestro? ¿Qué consecuencias esperar? ¿Qué frutos esperar? ¿cambiaré el curso de la historia? ¿cambiaré el curso de mi propia historia? Nada está dicho, no hay garantía de nada, no hay nada que te asegure que las cosas saldrán como las piensas o las planeaste, solo podrás tener la convicción que tomaste decisiones, tus decisiones, que nadie decidió por ti, escuché alguna vez a alguien decir que muchas cosas suceden porque nosotros decidimos que sucedan, o siendo mas precisos: dejamos que sucedan. No protestamos ni impugnamos, dejamos ser, y eso también es expresión de voluntad, así, la real lectura será que no te han maltratado, sino que dejaste que te maltrataran, que no te engañaron, sino que dejaste que te engañaran. Ojalá esa lógica se aplicara también a lo positivo, terminaríamos convenciéndonos que no te amaron, sino dejaste o permitiste que te amaran, que no te dieron oportunidades, sino te las diste tu mismo, decidiste que así fuera, así y mil ejemplos.
Decisiones, ¿ejercicio racional o instinto?, la acción o la inacción, igual algo se modifica, todo es dinámico, algo cambia, algo muta, crece o se extingue, nada permanece igual ni estático.
He decidido ser mas consciente de mis actos –léase: decisiones-, el instinto no siempre me ha dado buenos réditos, parece que las evaluaciones son una constante en mí y me cuesta, vaya que me cuesta, sobre todo porque soy proclive a revisar lo hecho y lo dicho y sustraerme a veces a los arrepentimientos, no debería, lo sé, pero suele ser una decisión crónica, arrepentirme, pesarme, porque a veces son mucho mas notorios los yerros y eclipsan lo mucho o poco que se haya andado bien –que ya es un camino largo y logro en si mismo-, aunque, superar tormentas también me ha hecho conocer la calma que las precede y les sucede, y si algo he aprendido es que cada revés es una lección de esas con golpe y todo y le toca a uno aprenderla o ignorarla, y decido lo primero.
Decisiones a fin de cuentas, asunto de cada uno, triunfo de cada quien.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Un cachorrito en el vuelo LP357

Acabo de aterrizar en Lima y varias reflexiones surgen de lo que debería ser una experiencia rutinaria de estar alrededor de una hora dentro del fuselaje de un Airbus 319, presurizado y fresco, desplazándome de un punto geográfico a otro remontando los Andes, escuchar monótonas instrucciones de seguridad, decolar. Ante la pregunta de que quiero para beber y ante la ausencia de café responder como un autómata “jugo de naranja y un vaso de agua por favor”.
Siempre lo mismo, salvo variantes o cancelaciones de vuelo o algún retorno al punto de partida por la imposibilidad de aterrizar cuando hay mucha neblina, lo de siempre, las mas de las veces sin mayores contratiempos, aterrizar sin novedad y luego rescatar el equipaje de la faja trasportadora.
Todo debía ser rutinario, todo calcado como en plantilla, hasta esta vez en que alrededor de mi asiento 22A, lado izquierdo, ventanilla, casi nada mas instalarme, cargado el combustible y apenas las puertas fueron cerradas y la tripulación contaba los pasajeros y cumplía todas sus protocolos, me percaté que alrededor mío parecían haberse concentrado todos los niños y bebes de a bordo en diferentes grupos acompañados de sus respectivos familiares, algunos mas bulliciosos que otros, algunos disfrutando la experiencia y otros simplemente metiendo bulla, nada fuera de lo común, solo repetir para mi mismo el cojudo sarcasmo “¿Herodes, donde estás?” y a tomarse las cosas con calma nada más; pero quien se sentaba exactamente tras mío en la fila 23 me crispó los nervios desde el arranque, me sacó de quicio, definitivamente llamó mi atención y quebró mi paciencia, y como no hacerlo si gimoteaba como el más triste de los cachorros recién destetados, con su lamento a centímetros de mis oídos. En el reflejo de la ventanilla alcancé a verlo contorsionándose desesperado en su butaca vestido con un bluejean y un polo verde, no llegué a verle el rostro, a su lado una joven de menos de veinte años, y al lado del pasillo un tipo canoso y alto que debía ser el padre.
El cachorro arrancó su letanía reclamando por que se habían cerrado las puertas, que él quería ir a casa con su mamá, que él le tenía miedo a los aviones, todo sazonado con un llanto lastimero e intermitente, eterno, insufrible. Debo decir que el lloriqueo mismo no era lo más mortificante, lo era la inercia y absoluta falta de reacción o instinto del padre, ni un cálmate cachorro, no va a pasar nada, disfruta del vuelo o ya verás que vas a reencontrarte con tus primos, ver a tus abuelos o que se yo, mil cosas que podría haberle dicho para calmar su ansiedad y su fobia, solo alcancé a oirle decir: -“Mira Luis –si, ese era el nombre del cachorro-, cuando lleguemos a Lima te compro un pasaje de retorno para que vuelvas de inmediato”. Moví la cabeza incrédulo ante lo que escuchaba, ¿con ese argumento pretendía calmarlo?, o en otro momento cuando nos elevábamos le dijo: “Mira la ventana –no dijo: mira por la ventana, dijo: ¡mira la ventana!-, agregando a continuación “Mira el paisaje”.
Detengámonos aquí, ¿paisaje?, el vuelo había salido a las 10:20 p.m. con noche oscura sin luna, al elevarnos se alcanza a ver un poco de la ciudad iluminada que vamos dejando atrás y en menos de un minuto cuando abajo se va extendiendo la espesa selva, ya estamos atravesando una gruesa capa de nubes, entonces… ¡¿Qué paisaje por Dios?!, cachorro alcanzaría a ver solo la nubosidad que venía hacia él como espectros iluminados con la luz intermitente del ala del avión, como un caos visual, todo eso solo incrementó su angustia, otra vez, en el reflejo de la ventanilla alcancé a verle hecho un manojo de nervios, acurrucándose, haciéndose un ovillo en su asiento repitiendo Ay, ayayyyy, ayayaayyyyy y asi sucesivamente.
Delante suyo ya habían pasado varios miembros de la tripulación intentando calmarlo infructuosamente, le ofrecieron el oro y el moro, el solo quería bajarse del avión. Entretanto, a esas alturas los otros chicos como aquel que iba adelante en la fila 21 había logrado que sus padres cambiaran asientos y de lo más tranquilo continuó su viaje con su progenitor al costado y hasta un purser muy pilas le trajo un vaso enorme con el logo de la aerolínea repleto de caramelos.
Repartieron los snaks y bebidas, el vuelo transcurría con apenas un poco de turbulencia y cachorro seguía en lo suyo, solo cambió o alternó sus ayayes con la exposición seria de sus argumentos ante los oídos mas sordos del planeta, “Tu sabes que yo le tengo miedo a los aviones” “Quiero ir a la casa de mi mamá” –con lo cual deduje que los padres de cachorro eran separados o padres independientes o algo similar-, “Dijiste que solo íbamos a dar una vuelta” “Papá, que malo que eres”, ¡ufa!, caramba -pensé-, ¿no podía haber ensayado este hombre algún argumento más eficaz para convencer a cachorro de hacer este viaje?, he aquí el repetido error de muchos mayores de subestimar o menospreciar la inteligencia o entendimiento de los niños, me fue inevitable ponerme en sus zapatos, el sentido común me hubiera hecho plantearle el viaje a cachorro con el argumento más convincente, ¡la verdad!, tan simple, tan directo, tan correcto, Hijo, vine a recogerte, nos vamos de viaje unos días en fiestas patrias (No papá, le tengo miedo al avión), No te preocupes hijo, yo estaré a tu lado, no hay que tener miedo (Pero papá, yo quiero quedarme acá con mi mamá) Vamos cachorro, te prometo que nos vamos a divertir, iremos al circo, veremos la parada militar, iremos a la Feria del Libro, veremos una peli en 3D, estrenaremos el Metropolitano… (Pero papá, tengo miedo de viajar en avión) No te preocupes, te cuento algo, cuando yo era chiquito como tú también me daba miedo volar, pero cuando viajaba con mi papá ya no tenía miedo y nos divertíamos mucho… ¿que dices, vamos? (Ya pá’ ¡vamos!)
Pucha, pero cachorro no era mi hijo, ni yo su canoso, impasible y torpe padre, yo continué escuchando los lamentos del niño y mas ayayayays… hasta que por fin la iluminada y fría Lima se desplegó a nuestros pies, aterrizamos, y llegando al fin del viaje me dije con curiosidad que ahora iba a conocer el rostro de aquel pequeño que había estado llorando tanto. Solo cuando nos detuvimos y empezó el típico despliegue de abrir compartimientos, buscar el equipaje de mano y prepararse para salir, solo en ese momento cachorro dejó de llorar, lo busqué y encontré con la mirada cuando por fin se calmaba con el gesto por el que tanto había reclamado, su padre con cara de nada cargándolo en una especie de abrazo y el pobrecito rodeándole el cuello con sus brazos y apoyando su carita en el hombro paterno buscando refugio. Debía tener unos cuatro o cinco años, larguirucho y de finas facciones, con el cabello castaño oscuro muy cortito y cejas pobladas. Eres un niño muy lindo cachorro –pensé- y estabas pidiendo tan poco, y te la tuviste que arreglar por tu cuenta, mírate pues.
Al cabo de un rato olvidándome por un momento la escena de antes de salir del avión, ya en la sala de equipaje recogí mi maletín azul y cuando me disponía a dejar el área de llegadas del aeropuerto, volví a ver a cachorro, ya más tranquilo, aunque moqueando, compungido y triste todavía, pero subido en lo alto de las maletas en un carrito portaequipaje llevado por su padre; así que me despedí mentalmente: Espero que pronto le pierdas el miedo a los aviones, veras que disfrutarás tomarlos para ir de un lugar a otro, a lugares cercanos y lejanos, a encontrarte con gente querida, para conocer nuevos lugares o hacer realidad algunos sueños, solo eso, que tengas un viaje de vida sin mayores turbulencias pequeño cachorro…

martes, 11 de mayo de 2010

UN CLASICO VIGENTE –QUIERO CREER-



He llegado a un punto en que creo ya en pocas cosas, desconfiado y apático hasta no más; así enfrento una nueva temporada de este reality que es mi vida, el nuevo ciclo de repitentes 365 días contados a partir de Mayo.
Tras de mi, las quimeras y promesas, lo mas querido y lo mas planeado; tras mis pasos, los caminos que se bifurcan y entrelazan o van paralelos a los de otra gente. Darse cuenta que muchas veces para llegar a un determinado punto, muchas veces no escogí ni el camino mas directo ni el mas lógico, si no, que me di un tremendo vueltón, hasta con vuelcos y vueltas de tonel y de campana incluidos, y es que me he ido de cara cuantas veces.
Si hago balance de cómo me siento y lo que veo en el reflejo del espejo, he de decir que soy consciente que no encuentro en mi un vehículo del año, tampoco uno de moda, ni tuneado ni repotenciado; siendo optimista, probablemente encajo mas en la descripción de un clásico vigente, ochentero o noventero, operativo, recio y rendidor, según como se viera. Eso veo, o eso quiero ver, y es que seguiré retando mis días y mis años, seguiré riendo cojudamente creyendo que un halago es una oportunidad, o que cada inicio de mis años es preludio y prolegómeno de nuevas cosas de las que me sentiré orgulloso y hasta feliz.
Contraviniendo mi instinto trotamundo he había dejado de viajar –metafórica y literalmente-, mis sueños hibernan, he esperado tercamente el chispazo detonante que simplemente no ha llegado, sin darme cuenta que era mas probable que el nervio expuesto en que me he convertido, sea lo que finalmente me lleve a confrontarme y contentarme a mi mismo, aun a costa de mi mismo, mudando dudas é inseguridades por certezas y convicciones, reinventandome, terminando de convencerme que como el vino o los carros, los años solo pueden ser la mejor etiqueta de mi cosecha o fabricación, que no he vivido en vano y que -aunque no vengan en copetín ni envueltas en celofán ó papel de regalo-, en verdad hay grandes y también simples razones para seguir sonriendo o volver a sonreír francamente.


(Happy birthday to me)

lunes, 21 de diciembre de 2009

Recuerdos de Navidad y de quienes hacen su magia (reflexiones de la pugna entre el Grinch y el Papá Noel que llevo en el interior)

En estos tiempos hay muchas costumbres y tradiciones de estas pascuas que casi todos damos por sentado: el árbol, el pavo, el panetón, el chocolate caliente, los cohetones, el Belén o pesebre (no es casualidad que ponga el pesebre en este orden, ya me entenderán), y el consumismo in tremens que hace que tengamos la “necesidad” imperiosa de regalar a diestra y siniestra; quienes hayan nacido en éstas últimas 2 o 3 décadas asumirán que las navidades han sido siempre así, lo cual no es tan exacto, al menos no por estos lares.
Las últimas dos décadas han sido de cambios muy acelerados en todos los aspectos de nuestras sociedades, cambios en la tecnología, política, información globalizada, etc, a lo que hay que agregar una economía nacional emergente y una elevación de la capacidad adquisitiva, todo ello explica cuando menos en parte, los cambios, la mutación o evolución –si se quiere- de nuestras costumbres, como las muchas cosas que hacemos y consumimos alrededor de la navidad.
Como a muchos, las navidades que mas me marcaron son aquellas las de la niñez, pese a no ser tiempos de bonanza, en casa el espíritu navideño se manifestaba de diversas formas y siempre despertaba nuestra expectativa e ilusiones, además del hecho que la navidad es como el colofón de un año escolar y que marca el inicio de nuestras vacaciones del “verano oficial”, lo cual ya es todo un regalo para los niños acá.
En mi casa la cercanía de la navidad lo marcaba la anticipación de al menos un par de semanas con que llegaban las encomiendas de mi Mamá Rosa –mi abuela materna-, que muy previsora ella desde Bellavista en San Martín nos mandaba a su emisario cada diciembre, un pavo criollo de corral en pié que hacía todo un viaje hasta llegar a Huánuco correctamente acondicionado, y al que debíamos terminar de criar por breve tiempo y engordar hasta el día que le tocaría convertirse en cena, ojo que todo eso fue hace apenas unos veintitantos años cuando no había la masificación del consumo del pavo de granja congelado y casi listo para hornear, y para todos los gustos y bolsillos. Así que concluyendo el tema del Sr. Pavo, su consumo no era masivo, y tenerlo en la mesa no respondía al llamado de la buena familia San Fernando, su periplo era otro.
Pero el emplumado no llegaba solo, en equipaje aparte mis abuelos nos mandaban todos los delicatessen posibles a los que siempre han estado acostumbradas las familias de la selva –o de la montaña como se suele decir-: quesos holandeses y suizos, sardinas portuguesas, mantequilla Pluma Roja, galletas y embutidos daneses, aparte de las delicias de propia factura de mi Mamá Osa o las mandadas a hacer por ella especialmente: cecinas, chorizos, bizcochuelos, ñutos, rosquitas, bocaditos de maíz, que en la noche buena alternarían con empanadas de pollo huanuqueñas de la Panadería Pinocchio hechas de suave masa de pan y espolvoreadas con azúcar en grano.
La parafernalia de la navidad también ha sufrido transformaciones, mientras para algunos el arbolito con luces es el tema y símbolo principal, aquí quiero rescatar el punto central de la simbología navideña de mi casa ya desde entonces. No me considero un tipo religioso ni practicante riguroso de tales preceptos, pero siempre he estado convencido que la navidad es el cumpleaños de Cristo, la celebración del nacimiento del niño Dios, y de mi mamá por supuesto pues ese es el otro gran acontecimiento familiar de nuestro 25 de Diciembre. Dicho esto, para nosotros el tema central o la representación principal lo constituía el Belén o nacimiento y cuando éramos niños o adolescentes nos esmerábamos en la puesta en escena rodeando el pesebre de todo un paisaje en miniatura hecho de cartón y papel kraft pintado, con grutas, cascadas, bosques y valles y casitas en los cerros, colocando luces en lugares estratégicos de modo que ver todo eso con la sala a oscuras era todo un espectáculo en el que tratábamos de emular nacimientos espectaculares mucho mas grandes como aquellos tradicionales de Huánuco, el de Chacón en casa de esa familia que le pone apellido a una de las cofradías de negritos mas arraigadas y típicas; o el de la Familia Tello, todo un derroche de buen gusto en el Jr. Dámaso Beraún donde podías ver todo el ciclo del día y la noche con efectos de sonido y todo; algo solo superado por otro nacimiento que conocíamos, elaboradísimo, que siempre nos dejaba boquiabiertos en la Clínica San Juan de Dios en Lima que visitábamos aprovechando de ir a colaborar con su ginkana o tómbola que armaban para recaudar fondos por esas fechas.
Hay sin embargo una navidad y uno de esos nacimientos que hicimos en casa que recuerdo de forma especial, fue uno de esos años en la antigua casa de General Prado, habíamos armado la representación sobre el tremendo escritorio que teníamos en el salón comedor, el paisaje montañoso que creamos, medido desde el piso tendría unos dos metros de alto y rebozaba en detalles, con las mismas figuras del misterio que aún conservamos, con brotes de trigo y cebada cual si fueran bosques o pastizales, y con musgo, bromelias y barbasco tan típicos de los nacimientos huanuqueños.
Esa vez como en todos esos años teníamos claro que los regalos –si los habían-, eran una cortesía del niño Jesusito, o que si llegaban después era cosa de los Reyes Magos y no asunto de un advenedizo llamado Papá Noel, ese era un tema de otras latitudes; el arreglo navideño de la casa lo completaba un arbolito de ramas plateadas que nos acompañó por muchos años austeros, cargado de clásicas bolas y campanas de frágil vidrio soplado, remanentes de mejores años.
Los regalos no se abrían como hoy en día cuando dan las 12 de la noche y las casas son un solo de critters haciendo funcionar y estrenado sus juguetes todos al mismo tiempo; se estilaba cenar temprano, cerca de la medianoche salíamos a la puerta de la casa a ver pasar los grupos de pastorcillos cantando villancicos o a las primeras cofradías de negritos de la temporada o familias enteras acompañadas de bandas de músicos yendo o viniendo de las misas de gallo cargando imágenes de niños Jesús unos mas bonitos que otros, y de ahí a dormir sin chistar.
Siendo así, el asunto de los regalos era algo que resolver al amanecer del 25, mis dos sobrinos Hugo y Kike -con quienes somos contemporáneos y son como mis hermanos menores-, y yo nos levantamos muy temprano esa mañana de navidad, antes que ningún adulto, en pijama nos dirigimos a la sala atravesando el gran patio medio mojado por la habitual lluvia de madrugada. Sin siquiera abrir la puerta avistamos por una rendija a nuestra altura lo que nos esperaba tras ella; nuestra silenciosa indagación se convirtió en una algarabía y en un alboroto extraordinario, la rendija dejaba ver un amplio panorama del salón, y ahí, al pie de nuestro hermoso nacimiento y en medio de unas cajas, el mas hermoso y alucinante de los regalos, una reluciente bicicleta Mister con detalles en rojo y blanco y muchas partes cromadas; casi nos bajamos la puerta ese día emocionados en nuestro afán por entrar todos a la vez a por la bici, que pese a tener un destinatario en particular fue como un regalo para los tres que disfrutamos por igual por muchísimo tiempo.
Aún cuando supe que esa bici fue un regalo de una Mamá Noela o niña jesusa eterna –mi tía Choly, madrina mía y hermana de mamá-, pese a ello no dejo de maravillarme con ese suceso y es que nunca supimos como hizo mi gente (mamá, papá, hermanos y mi nana Elvirín), no sé como lograron la magia para que esos niños curiosos de entonces no nos diéramos cuenta hasta esa madrugada de toda la operación navideña que se armó esa vez.
Con ese ejemplo comprendo la importancia de crear magia para los niños en estas fechas, lo sé y recuerdo el afán de mi hermana Rosy por involucrarnos en los preparativos de subsecuentes navidades, sea fabricando adornos con nosotros o enseñándonos a envolver los regalos; comprendo el afán de mis otros hermanos Koko y Carlos y mi cuñada Paty por no dejar que se apague ese espíritu y me alegra que mi sobrina Any haya heredado todo ese fervor que la impulsa a poner de cabeza la casa de sus abuelos cada año para llenarla de los íconos antiguos y nuevos que tanto nos gustan y que este año junto a la carismática Vanessa –mi otra sobrina-, ya hicieron lo suyo preparando la casa para un nuevo encuentro familiar, otra ocasión para sentirnos niños o Reyes Magos de nuevo, para disfrutar de un juguete o algún detalle o sonreir con la mayor satisfacción del mundo viendo la cara de felicidad de quien lo recibe.
Así se hace esa magia, así, es como en cada hogar hay quienes hacen posible que eso suceda, así es como mi alter ego Grinch termina apagándose y cerrando la boca..
¡Feliz Navidad querida familia! ¡Feliz Navidad queridos amigos!

miércoles, 16 de diciembre de 2009

BALANCE (…y que venga ese 2010!!)

En los últimos meses y en casi todo este año –errático la mas de las veces-, casi-casi he tenido que amarrarme las manos en muchas oportunidades para no escribir, para no tener que inundar este espacio particular con mi tristeza y melancolía, para no dejar fluir palabras cargadas de lo que me ha embargado y seguramente seguirá embargándome un buen tiempo; para no dar cuenta que mis panoramas inmediatos, lo público, lo privado, lo personal, lo laboral, lo familiar, lo social, todo lo he estado viendo con filtros monocromáticos, o en sepia, como quien añade tiempo y nostalgia o añeja adrede cada nueva instantánea, cada nuevo retrato, como si el solo registro de cada instante que se está viviendo ya formara parte de un pasado, archivándolo todo sin disfrutar, o como si instintivamente yo tomara maníaca consciencia que nada me será eterno, ni los momentos, ni las satisfacciones, ni los seres que me rodean.

A veces no es bueno ser tan analítico ni consciente ni conciensudo, se corre el riesgo de ser muy duro, cruel y despiadado con uno mismo, se termina siendo crítico a ultranza y uno no se otorga siquiera el beneficio de la duda ni da por descontado que siempre se actuó de buena fe, en resumen nuevamente todo se ve en monocromático gris.
El año que acaba no comenzó precisamente un primer día de enero y seguro tampoco culminará un 31 de diciembre, otras datas y sucesos han marcado un antes y un después como construyendo calendarios paralelos: 20 de Diciembre y 18 de Febrero son dos ejemplos de ello; por estos días alcanzan su primer ciclo como memoria de tiempo que orbitará la vida de dos de los varios clanes que conforman mi familia grande.
¿Qué hacer? ¿Cómo rescatar aquellas instantáneas entrañables en blanco y negro a las que tanto nos aferramos y convertirlas en presente palpable?, No hay forma, no hay vuelta atrás, solo sé que hay que hay que seguir andando, que hay que crear nuevos recuerdos, vivir el presente como lo que es, una fotografía a todo color, dinámica y viva, con la máxima resolución y definición posible, así caigo en la cuenta que la vida que vivimos, el año que vivimos y cada nuevo año que venga estarán cargados de matices y dependerá de nosotros como se vean y como se encaren, por mi parte renovaré mis retos y desafíos y le pondré el mejor enmarque a nuevos amaneceres, nuevos “albares”, a mis nuevas instantáneas de logros y satisfacciones, y es que de gris ya he tenido bastante.

lunes, 14 de septiembre de 2009

CANSADO (o como resumir en una palabra un urgente e insurgente ¡Necesito vacaciones!)

Me palpita el párpado izquierdo, la sensación trémula e intermitente impide que acciones tan simples y corrientes como lograr concentrarme en un escrito se convierta en una tarea titánica y agotadora, enfocar, comprender, analizar, ufaaa !!; aparecen incipientes náuseas y el vértigo como invitados oportunistas a un festín de decadencia de mi lucidez, tesón y fuerza.
Cual veterano de guerra solo quiero reposo, quiero yacer plácido y amodorrado sobre blancas y almidonadas sábanas de algodón hundiendo mi rostro con el mentón a un lado en una almohada suave y mullida, o disfrutar sin pausa la eternidad placentera del décimo de segundo que me tome caer estrepitosamente con mis 91 kilos en el agua calma de una piscina azul, sin bulla, sin jaleo y sin vulgares disturbios, a pleno sol.
Sumergirme, redimirme, silenciar toda distracción del mundo infame, buceando con vigor a grandes brazadas para luego emerger soltando un bramido de combate al alcanzar mi otra orilla, luego, descansar tumbado al sol absorbiendo su energía, reclamando mi energía.
Quiero disiparme, quiero descansar, hacer una breve pausa en la constancia, quiero instaurar paz y sosiego en mi, recuperar la capacidad de mandar por un tubo a quien me afrente o me rebata, capacidad de neutralizar lo que sea que se interponga entre yo y mi mismo y que a veces se empeña en tenerme lejos de mis nortes, atado y cautivo de mis propios miedos y falencias.

Quiero disiparme, quiero llegar ya a la meta de mi propia marathon; cansado estoy de construir y construirme tanto… cansado estoy.

YA TE EXTRAÑO

Pareciera que no hay nadie, ni una sola persona en mi entorno que pudiera terminar de entender la dimensión de este particular univ...